“Educación es lo que queda después de olvidar
lo que se ha aprendido en la escuela”.
Albert Einstein
lo que se ha aprendido en la escuela”.
Albert Einstein
El sentido de esta frase se comprende perfectamente cuando se sabe que el gran genio de las matemáticas y la física era tímido, retraído, con dificultades en el lenguaje y lento para aprender en sus primeros años escolares. En definitiva, se diría, “un mal alumno”. Afortunadamente, Einstein no solo contaba con la antipatía de sus maestros sino también con la motivación de un aplicado tío que disfrutó de enseñarle las mieles del álgebra ya desde muy pequeño. Significativo ejemplo de las arbitrariedades de un sistema educativo que, tanto geográfica como temporalmente, no se encuentra muy lejos del nuestro.
Es la misma escuela, la de Einstein, la de nuestros padres, la nuestra y la de nuestros hijos, esa escuela que pareciera haber existido siempre. Sin embargo, al igual que todas las cosas a las que el hombre se acostumbra, la escuela como espacio privilegiado en el que se ejerce la función educativa, tuvo un origen preciso y fue inventada en un momento preciso.
Es a partir del surgimiento de los estados modernos en el siglo 18 cuando comienza a reconocerse a la educación como condición necesaria para asumir la ciudadanía y a la institución escolar masiva y obligatoria como el dispositivo elegido para extender la educación a todos los sectores populares. Como todos lo sabemos, porque lo aprendimos en la escuela, en nuestro país ese proyecto progresista de una educación libre y gratuita para todos fue introducido a fines del siglo 19 por Domingo F. Sarmiento y la elite gobernante de la llamada Generación del 80.
También sabemos, y esto sí que no suele enseñarse en la escuela, que prontamente aquella promesa de integración que venía de la mano de la educación se vio confrontada con un fracaso escolar masivo que logró poner en evidencia las más sensibles contradicciones de este nuevo marco político-social. Efectivamente, el discurso de la integración respondía más a un proyecto de homogeneización que involucraba los valores e intereses de las clases dominantes y el ideal de una educación que se pregonaba tan libre como obligatoria convirtió a la escuela pública en un dispositivo de exclusión de los sectores de la población que pretendía integrar. Parece que fue ayer…
Hoy tenemos una escuela que afanosamente intenta transformarse al ritmo de los cambios sociales reformulando continuamente los programas de estudio y exhortando a los docentes a cumplir ciertos criterios de actualización permanente. Pero también, una escuela que asume funciones completamente ajenas a su misión y que va adquiriendo una identidad asistencialista en muchos casos y comercial en muchos otros. Simplemente, basta observar como mientras en algunas escuelas el compromiso de integración pasa por combatir la desnutrición de sus alumnos, en otras pasa por reemplazar la lectura de Tom Sawyer por la de Harry Potter.
Pocas veces se discute la cuestión de fondo que se encuentra implícita en ese ideal de integración que, sin dejar de ser el fundamento de nuestra escuela pública, aún conserva el sello normalizador y homogenizante propio de una sociedad socialmente estratificada. No se trata simplemente de atacar a nuestras instituciones, también la queja pasiva y la desidia pueden convertirse en una mala costumbre. Mas bien se trata de un serio debate en el que estemos verdaderamente comprometidos para poner en evidencia las múltiples determinaciones sociales, políticas y económicas que configuran tanto el fracaso escolar como la inclusión y la permanencia de nuestros niños en el sistema educativo.
De esa manera, quizás, podamos arribar a una pregunta que bien podría situarse como el preámbulo de la cuestión, ¿no se le estará pidiendo mucho a la escuela?
Mientras tanto, nosotros seguiremos acompañando a nuestros chicos a su escuela, la mejor que podemos darles hoy, seguramente. Seguiremos acompañándolos en su infinita curiosidad por conocer, en sus ansias por superarse, en su deseo de hacer amigos. También seguiremos acompañando a la institución y a los docentes en su digna misión, renovando responsablemente cada día la confianza que supimos depositarles.
Y como cada año asistiremos puntualmente a la cita porque, aunque ya no seamos sus alumnos, sabemos que nunca habrá nada tan terrible como un llamado de atención de la directora pero tampoco nada tan gratificante como saber que la escuela nos espera. Quizás esa era una de las pocas cosas que Eintein no sabía.
Lic. Julieta Monteros
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