jueves, 29 de marzo de 2012

trabajo jornadas 2010



CentroIntegral de Psicología SIR
Jornada 2010
El garage

“En la sesión de ayer, Cristian, haciendo con las manos en el aire los gestos correspondientes, me disfrazó. Le pregunté de qué; me respondió: - de estatua. Me tuve que quedar inmóvil hasta que, con los gestos inversos, me retiró el disfraz. ¡Menos mal!, así pude recuperar mis movimientos. Jugar a las estatuas es divertido, convertirse en estatua no”.
Elsa Coriat

Cuando uno dice “consultorio de niños”, varios imaginaremos  cosas tales  como: peluches, juegos de mesa, lápices de colores, pizarrones, masa, autitos, bloques… en definitiva,  juguetes.
Desde marzo de este año, trabajo en la institución los días lunes, con niños, pero no en el consultorio de los “juguetes”, sino en otro, llamado por una de mis pequeñas pacientes”, el garage”.
Para quienes no lo conocen, les cuento que en “el garaje”, lo último que hay, son juguetes; podemos encontrar una estantería con libros, carpetas y cajas, un escritorio, un perchero, un baúl cubierto por una tela colorida, una planta, y una pequeña vela.  Nada más.
Cuando atiendo a mi paciente por primera vez, recibo de su parte algunas preguntas tan ingenuas, y tan lógicas como sólo puede formular una niña de seis años: ¿Por qué acá no hay juguetes? ¿Por qué no puedo ir al taller de al lado que ahí si hay juguetes? ¿ Por qué el otro día mis papás estuvieron en un consultorio con juguetes si ellos no son chicos y yo sí?
Dichas preguntas, llevaron a pensar mi trabajo con ella, así como mi posición en tanto analista de niños, y son en definitiva las que motivan mi escritura para esta jornada.
Entonces tenemos:
-       a una paciente que,  como todo niño, quiere juguetes.
-       a la formación académica y con ella, una gran lista de condiciones supuestamente necesarias que debemos cumplir cuando se trata del análisis de un niño (¿recuerdan la extensa  descripción de Aberastury sobre qué tiene que tener la caja de juegos?).
-        una práctica inserta dentro de una  institución,  con ciertas  limitaciones inherentes (en este caso, temporo-espaciales).
Y en el medio, o mejor dicho, en el “entre”, a una analista que tiene que decidir qué hacer con todo ello.
El entre y el hacer me remiten  a un autor clave en mi formación de grado y posgrado como analista de niños: Donald Winnicott. Dicho autor nos propone un deslizamiento, el que va del juego  al jugar, del “game” al play”:
“El jugar tiene un lugar y un tiempo. No se encuentra adentro (…). Tampoco está afuera, es decir, no forma parte del mundo repudiado, el no-yo, lo que el individuo ha decidido reconocer (con gran dificultad, y aún con gran dolor), como verdaderamente exterior, fuera del alcance del dominio mágico. Para dominar lo que está afuera es preciso hacer cosas, no solo pensar o desear. Y hacer cosas lleva tiempo. Jugar es hacer”[1].
Es ese “entre” y esa acción implicada en el jugar, lo que permite desprenderse de la cuestión de los juguetes,y ponerse a hacer cosas, de modo tal de permitir el despliegue de la actividad creadora del sujeto. En última instancia, dice Winnicott, “ La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta. Está relacionada con dos personas que juegan juntas”[2]. “Si el terapeuta no sabe jugar, no está capacitado para la tarea”.[3]
Sólo así, la vela y la planta del garage pueden convertirse en bienes de intercambio entre piratas; el  baúl, en una prisión de la que nadie puede escapar, y el escritorio, en un refugio para esconderse de un fantasma que come fideos.
Todo esto, en el marco de la especificidad de la clínica con niños. Una clínica que es necesario correr del adultomorfismo sino queremos generar efectos iatrogénicos, una clíinica que no es “hija de” , que introduce discontinuidad respecto a la formación en relación a la clínica de adultos.
Los niños, como lo plantea la psicoanalista Elsa Coriat, nos ponen muchas veces en “un lugar que no se parece demasiado al lugar que para el psicoanalista  imagina nuestra cultura y nuestra formación”[4]. No nos permiten quedarnos sentados en nuestro sillón, descolocan y estiran el encuadre.
Y allí, nuevamente, el analista, en ese “entre”, sosteniendo el dispositivo   con un niño, en su singularidad,  operando y acompañando su constitución subjetiva. Ofreciendo un lugar para jugar, apartir de suponer del otro lado un sujeto capaz de hacerlo, y suponerse  a uno mismo  también en dicho lugar. Con o sin juguetes. En un consultorio, o en un garage.
Quiero citar ,por último, unas palabras de otro de mis grandes maestros, el Dr. Ricardo Rodulfo: “ el analista de niños sigue demasiado pendiente o demasiado escindido  entre lo que de hecho tiene que suponer, pensar y hacer, y su sentimiento de que el derecho está del lado del niño reconstruido con las categorías y los postulados del psicoanálisis de adultos. Reprime entonces, a la hora de la reflexión teórica, la experiencia de la transferencia en el trabajo clínico con niños que, de asumirse, podría llevarlo a un enfrentamiento muy serio con algunos preceptos metapsicológicos y con algunos ideologemas de la psicopatología estructuralista(…). Si el analista puede sostener el potencial interrogativo de la especificidad de su práctica, si puede pensar la psicopatología infanto-juvenil como algo más que un complemento apendicular, una extensión, un barrio, de “la“ psicopatología, se abre un horizonte de muchas investigaciones posibles”[5] .
Analía Pérez Piñeiro.



[1] Winnicott, D.: “El juego: exposición teórica”. En Realidad y Juego, Barcelona, 1979, Gedisa (p. 64)
[2] Íbid (p. 61)
[3] Íbid(p. 80)
[4] Coriat, Elsa.: “Niños en La Plata”. En Psicoanálisis de bebes y niños pequeños, La plata, 1996, Ediciones de La Campana. (p.173).
[5] Rodulfo, Ricardo.: “Desadultorizaciones. Un pequeño estudio”. En El Psicoanálisis de nuevo, Buenos Aireas, Eudeba, 2004 (p. 41).

trabajos jornadas 2010


“Respuestas institucionales a problemáticas de la clínica actual.
¿Qué lugar para la subjetividad en lo familiar?

Pensando en la presente temática de las jornadas “La formación del analista y su inserción en la clínica actual”, consideramos pertinente trasmitir el siguiente material que da cuenta del trabajo realizado en esta institución con dos pacientes, Ana y Lucía (hermanas), de 13 y 16 años respectivamente. Trabajo que nos despertó deferentes interrogantes: cuestiones en relación a la clínica actual, por un lado  y cómo maniobrar transferencialmente, teniendo en cuenta el singular modo de ingreso de las pacientes, por el otro.

“Una demanda”
María es derivada directamente por su obra social luego de haber demandado tratamiento psicológico para ella y sus dos hijas menores por referir problemáticas familiares relacionadas con su esposo y su hija mayor. Durante la primera entrevista, la mujer se presenta desbordada, ansiosa, angustiada y verborrágica. Refiere que no puede con su hija mayor, Vanesa, quien según ella, tiene una relación enfermiza con su pareja y recientemente se ha ido de su casa. Durante el relato hace referencia a su propia historia, no quedando claro –en varias oportunidades- de quien habla. Manifiesta enojo hacia su esposo por “no hacerse responsable de la situación”. Dice mantener una relación difícil con él debido a problemas de consumo de alcohol y drogas.
Nuestras intervenciones apuntan a separar lo que parecía “pegado”, intentando que ubique, más allá de la problemática familiar, el motivo de consulta de sus dos hijas menores. Es decir, que en su relato aparezca algo singular de cada una de ellas. Hacia el final de la entrevista logra cierto recorte:
Refiere que Lucía ha realizado tratamientos psicológicos a los 7 y a los 10 años por rebeldía y problemas escolares, ha repetido 5to y 8vo grado por llevarse casi todas las materias. Es asmática. La define como “guerrera y manejadora. Tiene una relación difícil con su padre”. Respecto de su hija menor, Ana, dice notarla triste y encerrada en si misma. “Pasa largas horas en su cuarto, jugando con la computadora”. Agrega que era muy buena alumna, pero en los últimos meses ha bajado las notas, al mismo tiempo que ha comenzado a tener problemas con sus compañeras. Se muestra angustiada al relatar que encontró dos cartas dirigidas a ella en las que, según refiere, quedaba de manifiesto que su hija estaba deprimida, “tengo miedo de que se haga daño”, concluye.

“Dos tratamientos”

Durante el inicio del tratamiento con Lucia, la paciente parece venir a hablar y dar su opinión sobre las “malas” conductas de su hermana mayor, se queja respecto de ella. Se la observa muy desbordada con esta problemática., de ella misma dice “hacer las cosas bien”, esto es: contarle todo a mamá sobre lo que hacen y dicen sus hermanas. En las sesiones se refleja esto, pareciera venir a delatarlas al tratamiento. “Yo estoy en el medio, soy la del medio”. Opina sobre cómo deberían actuar ellas frente a determinadas situaciones, no formulándose pregunta alguna por lo que ella hace. Con sus amigas hace lo mismo. Claro está que este “andar opinando y metiéndose en todo” le trae grandes consecuencias.
Cuando se le pregunta sobre su padre dice: “al tipo lo tienen afuera de lo que pasa, lo apartan, mi mamá opta por no contarle”. “Yo preferiría no escucharlo, por una mínima cosa te agrede”. Se la observa poco adherente al tratamiento. Sin embargo, dice sentirse “deprimida” y no saber por qué. Se ofrece el espacio terapéutico para comenzar a pensar qué la aqueja. Semanas después ubica que se siente deprimida desde que  Vanesa se fue. “Perdí un trabajo, un lugar en ella, me cambió por el novio”. Intervengo en relación a qué otros lugares puede ocupar en sus hermanas, respecto a dejar de estar  “en el medio”.
Poco a poco las hermanas, quienes tienen horario de sesión a la misma hora del mismo día, comienzan a venir solas, sin la madre. Lucía empieza a hablar de sus dificultades: la falta de interés en el colegio, no poder decirle “no” a su madre y no poder dejar de opinar cuando es convocada a hacerlo “es más fuerte que yo”. Se comienza a ubicar algo de su responsabilidad en esto y las consecuencias de su posición. Le marco el “yo opino”, que se repite constantemente.
En el transcurso del tratamiento comienza a ubicar qué hace cada integrante de su familia con los problemas y que hace ella: “Yo salgo, pinto, me distraigo, no tomo, protejo a Ana”. Se ubica que ella comenzó a hablar de lo que la angustiaba,  digo que puede ocuparse de “sus cosas” y que, más allá que ella quiera ayudar, hay cuestiones que requieren ayuda profesional. En este contexto se decide citar al padre: “por no tener límites a veces pasa lo que pasa. Hay que bajarles línea”, expresa él. “Te pasó con una te va a pasar con otra”, le dice a su mujer.
Luego de algunos meses, Lucía parece ubicar algo respecto de su posición, comienza a callarse y no responder cuando se la convoca a hablar. En sesión habla de sus cosas, sus salidas y un chico que le gusta. Sobre un sueño que tuvo dice: “le soltaba la mano y despegaba.  No te doy tiempo a que me cuentes nada”. Este año se lleva dos materias, le interesa terminar el colegio para dedicarse al diseño de zapatos e indumentaria. La última sesión refiere: “Yo no soy la mina indicada para opinar, no sé”.

            Ana se presenta a la entrevista en forma tímida, un tanto inhibida, responde con monosílabos a mis preguntas. Pasa gran parte de la entrevista llorando, sobre todo cuando relata la situación con su hermana mayor y sus padres. Hago referencia  a las cartas mencionadas por su madre refiere, enojada, que esas cartas las escribió varios meses atrás para manifestar su malestar y que su madre las encontró revisando sus cajones.
             Durante las primeras entrevistas, su relato gira en torno a su hermana mayor y su padre. Se la escucha angustiada e irritada. Se queja de su padre por su falta de responsabilidad ante los problemas (usa las mismas frases que su madre para referirse a él). Sobre su hermana mayor relata, enojada, que “no se hace cargo” de su vida, considera que su madre no debería ayudarla más en el futuro.
             En el transcurso de las entrevistas se ubica que la pte. “siempre queda en el medio de las peleas de otros”. “Me meten en el medio, tengo que tomar partido, siempre por mi mamá”, dice. Por lo que mis intervenciones apuntan a marcar su responsabilidad en esto. Poco a poco se evidencia que, “este quedar en el medio”, le trae problemas también con sus compañeras de colegio. “No puedo parar de escuchar todo y contar todo, tanto en el colegio, como en mi casa”. Se angustia, cree que esta es la causa por la cual “muchas veces para descargar la angustia, me cortaba los brazos en el pasado”. Mis intervenciones apuntan a que no todo se puede contar y que hacerlo trae consecuencias. La pte comienza a ubicar que no puede “parar de contarle todo” lo que le pasa a su madre y su hermana y que luego se encuentra no pudiendo soportar las respuestas y consejos de ellas. En este contexto se decide citar a los padres (solo concurre la madre) con el fin de pensar algún límite respecto de la insistencia de la madre a que “todo se sepa”. En dicha entrevista la madre ubica angustiada que no puede
“no saberlo todo acerca de sus hijas”. Se le sugiere trabajar en su espacio terapéutico acerca de esto.
       En las siguientes entrevistas, la paciente menciona situaciones, tanto familiares como escolares, en las cuales ella ubica un exceso, un no poder parar a tiempo. Dice: “yo sabía que esto no lo tenía que contar y sin embargo lo hice, armé un quilombo terrible”.
            En las últimas semanas, sus preocupaciones dieron un giro: se pregunta cómo sería tener un novio, habla de sus amigas, de ropa, etc. Aparece enojada con su madre y preguntándose una y otra vez, hasta dónde y sobre qué hablar con ella. Por último plantea la posibilidad  de concurrir en otro horario, diferente al de su hermana. 


Algunas consideraciones finales
         
           Teniendo en cuenta el modo de presentación del motivo de consulta, que en sus inicios aparecía indiferenciado, podría pensarse que la maniobra terapéutica fue por la línea de alojar, en un primer momento, la angustia tanto de la madre como de las pacientes; para luego comenzar a despejar, en el marco de la conflictiva familiar, el lugar de cada una en dicha escena. Apuntando al surgimiento de la pregunta por la responsabilidad de cada una de las sujetos.
           Si bien hubo efectos de separación con respecto al discurso materno, ubicándose ciertos límites y responsabilidades singulares en el “ver y oír todo”; esto no quiere decir que en estas escenas familiares,  algo de este “exceso materno” no se repita una y otra vez.
           Nos preguntamos acerca de la maniobra terapéutica en relación a cómo y hasta dónde intervenir respecto de la separación, teniendo en cuenta, no solo la decisión  subjetiva de las pacientes,  sino también que son menores, por lo tanto son los padres quienes consienten al tratamiento.
           En base a lo planteado, en la actualidad nos encontramos pensando en el contexto de cada tratamiento,  la posibilidad del alta.



                                                                                                              María Luz Morales
                                                                                                              Alejandra Rossi