En estos tiempos de competitividad y pragmatismo donde nuestra labor de cada día es ponderada a través de fríos y calculados resultados numéricos; en estos tiempos de exitismo donde lo que vale oro ya no es simplemente el tiempo sino el “minuto a minuto”; en estos tiempos de invasión masiva de estímulos y de temporalidad efímera donde siempre falta tiempo para “esas otras cosas” como la amistad; en estos tiempos, si nos descuidamos, podemos quedar apresados por esa triste y mala compañera llamada soledad.
No es casual que entre los llamados nuevos males de la sociedad moderna (o posmoderna, si se quiere), junto a la pérdida de dominio del tiempo venga a situarse la soledad. Pero ¿cuál sería en verdad la relación? Porque si lo pensamos mejor ¿Acaso es solamente tiempo lo que se necesita para preservar nuestros vínculos con los demás? ¿El valor de una amistad puede medirse por el tiempo invertido en ella? ¿Podría cuantificarse ese tiempo de la misma manera en que cuantificamos la productividad de nuestras horas de trabajo?
Desde el psicoanálisis afirmamos que para el ser humano el vínculo con el otro es aquello que desde su nacimiento lo constituye como tal, en tanto es a través del discurso (lo que dice de nosotros) de ese otro significativo para nuestra vida, que logramos saber quienes somos y conformar nuestra propia identidad. Solo de esta manera, a través del discurso del otro, el sujeto consigue ingresar en ese universo simbólico del lenguaje que es privativo de nuestra especie y matriz del lazo social con los otros semejantes.
Estas modalidades de vida que acabamos de presentar como propias de la modernidad, tienden a invadir masivamente nuestros espacios con una vorágine de estímulos que prometen satisfacciones tanto inmediatas como infinitas frente a las cuales no vale negarse. Alienado en esta marejada eterna de discursos vacíos, el sujeto no solo pierde la dimensión subjetiva de sus tiempos y sus espacios, también va perdiendo la noción acerca del valor constitutivo que tiene la palabra en la conformación del lazo social con otro. Y así, nos encontramos con que a pesar de los avances tecnológicos en las comunicaciones y de las potencialidades que suponen para el desarrollo de las relaciones sociales, aún en las grandes comunidades del chat y de los celulares, no dejan de manifestarse serias dificultades para establecer vínculos de genuina intimidad entre las personas.
No niego que parezca un poco ingenuo pensar que es posible escapar a la esclavitud del tiempo. Sin embargo, creo que no dejamos de vivir en este mundo y en estos tiempos si confiamos en que es posible bajarse del tren solo por un momento para ensayar cierto corte en lo masivo y para reflexionar acerca de la manera en que asumimos estas nuevas modalidades de vida que particularizan estos “tiempos modernos”. Y quizás de esa manera, estableciendo discontinuidades en la vacía inmensidad, logremos distinguir como propios esos tiempos que preservamos para existir íntimamente con otros, tiempos para amar, por ejemplo, a un gran amigo.
Lic. Julieta Sofía Monteros
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