“Dad palabras al dolor; la pena que no habla,
cuchichea al corazón demasiado cargado,
y le invita a romperse”.
W. Shakespeare, Macbeth, IV-3.
W. Shakespeare, Macbeth, IV-3.
Vivimos en un mundo vertiginoso, un mundo donde el valor de la palabra, el valor del compromiso entre las personas parecería estar en decadencia. Un mundo donde las palabras parecerían no tener sentido más que un “quiero más”, un quiero que termina por anular al deseo. Un mundo donde priva el discurso capitalista, el discurso del consumismo que deja al sujeto sin subjetividad, sin “poder ser” más que una cosa que sólo refiere a lo material, donde sólo se puede pertenecer en función de lo que se tiene y no en función del ser. “Cuanto más consumo, más feliz soy”. También se refiere al consumo desmedido de bienes y servicios en la sociedad contemporánea que impacta seriamente en los recursos naturales y el equilibrio ecológico.
El consumismo inicia su desarrollo y crecimiento a lo largo del Siglo XX como consecuencia directa del capitalismo y de la mercadotécnia asociada; ésta última tiene como uno de sus objetivos crear nuevas necesidades en el consumidor de modo de aumentar las ventas de los productos. El consumismo se ha desarrollado principalmente en el mundo occidental haciendo popular el término antropológico social sociedad de consumo, que se refiere al consumo masivo de productos y servicios por una sociedad determinada.
Así, podemos hablar del consumismo como un fenómeno propio de nuestra sociedad, una sociedad que incita a pertenecer a determinada elite o a un determinado modo de vida que influye en nuestros comportamientos, en nuestros valores y en nuestra forma de pensar.
Un ejemplo claro de esto lo vemos día a día en nuestra clínica, que es la clínica de las impulsiones, en la clínica de la A-dicción, de la no- palabra que queda obturada por la “cosa”, por esa cosa que intenta nominar aquello que es traumático para el sujeto que es la falta constitutiva. Lo vemos en los adolescentes incitados al consumo en un tiempo de urgencia subjetiva, en un tiempo que se convoca a un Otro (ya sea padres, maestros) que parecerían no poder escuchar, que parecerían no poder estar. De esta manera quedan atrapados en un sin salida, en un callejón que termina en un acting, en un llamado de atención, en una adicción, en consumir en demasía y agregaría en un sufrir en demasía. Muchas veces nos encontramos con el dolor en su forma más cruda, más primitiva; el dolor físico. Quizás nuestra tarea resida en poder escuchar a ese cuerpo que sufre, a ese cuerpo que permanece en silencio y que sólo puede hacerse oír a través del dolor físico.
Nasio, J, reconocida psicoanalista argentino, nos dice: “No podemos hablar del dolor sin hablar del amor. Sólo hay dolor sobre un fondo de amor, cualesquiera fuese el dolor: tanto físico, corporal, espiritual o psíquico” . Al que agregaría el dolor social. Por ello es que propongo la posibilidad de dar palabras al dolor.
Lic. Antonela Baffigi
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