CentroIntegral de Psicología SIR
Jornada 2010
El garage
“En la sesión de ayer, Cristian, haciendo con las manos en el aire los gestos correspondientes, me disfrazó. Le pregunté de qué; me respondió: - de estatua. Me tuve que quedar inmóvil hasta que, con los gestos inversos, me retiró el disfraz. ¡Menos mal!, así pude recuperar mis movimientos. Jugar a las estatuas es divertido, convertirse en estatua no”.
Elsa Coriat
Cuando uno dice “consultorio de niños”, varios imaginaremos cosas tales como: peluches, juegos de mesa, lápices de colores, pizarrones, masa, autitos, bloques… en definitiva, juguetes.
Desde marzo de este año, trabajo en la institución los días lunes, con niños, pero no en el consultorio de los “juguetes”, sino en otro, llamado por una de mis pequeñas pacientes”, el garage”.
Para quienes no lo conocen, les cuento que en “el garaje”, lo último que hay, son juguetes; podemos encontrar una estantería con libros, carpetas y cajas, un escritorio, un perchero, un baúl cubierto por una tela colorida, una planta, y una pequeña vela. Nada más.
Cuando atiendo a mi paciente por primera vez, recibo de su parte algunas preguntas tan ingenuas, y tan lógicas como sólo puede formular una niña de seis años: ¿Por qué acá no hay juguetes? ¿Por qué no puedo ir al taller de al lado que ahí si hay juguetes? ¿ Por qué el otro día mis papás estuvieron en un consultorio con juguetes si ellos no son chicos y yo sí?
Dichas preguntas, llevaron a pensar mi trabajo con ella, así como mi posición en tanto analista de niños, y son en definitiva las que motivan mi escritura para esta jornada.
Entonces tenemos:
- a una paciente que, como todo niño, quiere juguetes.
- a la formación académica y con ella, una gran lista de condiciones supuestamente necesarias que debemos cumplir cuando se trata del análisis de un niño (¿recuerdan la extensa descripción de Aberastury sobre qué tiene que tener la caja de juegos?).
- una práctica inserta dentro de una institución, con ciertas limitaciones inherentes (en este caso, temporo-espaciales).
Y en el medio, o mejor dicho, en el “entre”, a una analista que tiene que decidir qué hacer con todo ello.
El entre y el hacer me remiten a un autor clave en mi formación de grado y posgrado como analista de niños: Donald Winnicott. Dicho autor nos propone un deslizamiento, el que va del juego al jugar, del “game” al play”:
“El jugar tiene un lugar y un tiempo. No se encuentra adentro (…). Tampoco está afuera, es decir, no forma parte del mundo repudiado, el no-yo, lo que el individuo ha decidido reconocer (con gran dificultad, y aún con gran dolor), como verdaderamente exterior, fuera del alcance del dominio mágico. Para dominar lo que está afuera es preciso hacer cosas, no solo pensar o desear. Y hacer cosas lleva tiempo. Jugar es hacer”[1].
Es ese “entre” y esa acción implicada en el jugar, lo que permite desprenderse de la cuestión de los juguetes,y ponerse a hacer cosas, de modo tal de permitir el despliegue de la actividad creadora del sujeto. En última instancia, dice Winnicott, “ La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta. Está relacionada con dos personas que juegan juntas”[2]. “Si el terapeuta no sabe jugar, no está capacitado para la tarea”.[3]
Sólo así, la vela y la planta del garage pueden convertirse en bienes de intercambio entre piratas; el baúl, en una prisión de la que nadie puede escapar, y el escritorio, en un refugio para esconderse de un fantasma que come fideos.
Todo esto, en el marco de la especificidad de la clínica con niños. Una clínica que es necesario correr del adultomorfismo sino queremos generar efectos iatrogénicos, una clíinica que no es “hija de” , que introduce discontinuidad respecto a la formación en relación a la clínica de adultos.
Los niños, como lo plantea la psicoanalista Elsa Coriat, nos ponen muchas veces en “un lugar que no se parece demasiado al lugar que para el psicoanalista imagina nuestra cultura y nuestra formación”[4]. No nos permiten quedarnos sentados en nuestro sillón, descolocan y estiran el encuadre.
Y allí, nuevamente, el analista, en ese “entre”, sosteniendo el dispositivo con un niño, en su singularidad, operando y acompañando su constitución subjetiva. Ofreciendo un lugar para jugar, apartir de suponer del otro lado un sujeto capaz de hacerlo, y suponerse a uno mismo también en dicho lugar. Con o sin juguetes. En un consultorio, o en un garage.
Quiero citar ,por último, unas palabras de otro de mis grandes maestros, el Dr. Ricardo Rodulfo: “ el analista de niños sigue demasiado pendiente o demasiado escindido entre lo que de hecho tiene que suponer, pensar y hacer, y su sentimiento de que el derecho está del lado del niño reconstruido con las categorías y los postulados del psicoanálisis de adultos. Reprime entonces, a la hora de la reflexión teórica, la experiencia de la transferencia en el trabajo clínico con niños que, de asumirse, podría llevarlo a un enfrentamiento muy serio con algunos preceptos metapsicológicos y con algunos ideologemas de la psicopatología estructuralista(…). Si el analista puede sostener el potencial interrogativo de la especificidad de su práctica, si puede pensar la psicopatología infanto-juvenil como algo más que un complemento apendicular, una extensión, un barrio, de “la“ psicopatología, se abre un horizonte de muchas investigaciones posibles”[5] .
Analía Pérez Piñeiro.
[1] Winnicott, D.: “El juego: exposición teórica”. En Realidad y Juego, Barcelona, 1979, Gedisa (p. 64)
[4] Coriat, Elsa.: “Niños en La Plata”. En Psicoanálisis de bebes y niños pequeños, La plata, 1996, Ediciones de La Campana. (p.173).
[5] Rodulfo, Ricardo.: “Desadultorizaciones. Un pequeño estudio”. En El Psicoanálisis de nuevo, Buenos Aireas, Eudeba, 2004 (p. 41).
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